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Tenemos un tiempo marcado por una división constante: el envejecimiento. Eros es un equilibrio. Tánatos lo rompe. Va pisándole los talones como la sombra al día. El sol está en su momento más alto como un patriarca y todo es claro, nítido, en el mediodía de la Historia. El hombre es poderoso porque parece haber sido capaz de detener una parte de la Historia. En el presente, con un sentimiento de futuro, esperanzados. El amor nos convierte en seres audaces porque sabemos por dónde caminamos, pensando en un amor que es equivalente al bien de Platón, a un bien esencial, básico, raso. Un bien que es conocimiento pero siempre sembrado de desconocimiento, de misterio. La Historia puede detenerse en algunos de sus errores. Tal vez consideremos que es un error que envejezcamos pero eso no podemos detenerlo, sí nuestros errores de brutalidad: asesinatos, violaciones, calumnias, robos. La muerte es desconocimiento y mal. Pero también hay desconocimiento en el bien. ¿Cuánto de lo que tenemos aquí dura después de la muerte? No sabemos si el mal se adentra con el bien en las fronteras ideales que nosotros llamamos, para entendernos, inexistencia. Con la fantasía, soñamos otros mundos pero no los comprobamos. En principio, no podremos llegar a apreciar algunas ideas como dioses y diablos y otras sospechas del espíritu sobre la faz de esta tierra. Dios y el Diablo. Profetas, luces y tinieblas. Eso apreciamos. El dorado recubre las pagodas y las estatuas orondas de Buda. Hace pensar en una admiración constante ante el mundo y en el protagonismo de la naturaleza aunque el monumento haya sido labrado por la mano del hombre. Parece que la placidez se relaciona con obedecer a las estaciones. Un templo esbelto apunta un espejismo de arena reptando hacia el cielo.
Alejandra Sirvent






